Religiones

EL ISLAM

El Islam o sumisión a los designios de Alá es la religión pro­fesada por los musulmanes o sumisos al Islam. El origen de es­ta doctrina, una de las más recientes de la teología mundial y uno de los tres grandes credos monoteístas junto con el cristia­nismo y el judaísmo, hay que buscarlo en las enseñanzas reci­bidas por el profeta Mahoma por parte del mismo Dios a través del arcángel Gabriel.

Mahoma, en lengua árabe Muhammad, «el loado», nació en La Meca en torno al año 571 de la era cristiana. Huérfano des­de la infancia, fue educado por su tío Abu Taleb, quien le inició en el oficio de comerciante. Tras desarrollar su actividad como mercader de forma regular, a la edad de 25 años se hizo res­ponsable de una ruta caravanera con destino a Siria que era pro­piedad de una rica viuda llamada Khadidja, con la que termina­ría contrayendo matrimonio poco después.

A raíz de sus viajes, Mahoma entabló relación con ascetas judíos y cristianos, quedando vivamente impresionado por su es­piritualidad y creencia en un único Dios, lo que motivaría muy pronto su voluntario retiro de la actividad comercial para dedi­carse a la meditación. A través de ella, Mahoma inició su vida de profeta de una manera íntima y anónima, mientras trataba de encontrar la manera de aunar al pueblo árabe bajo una misma fe que acabase con las distintas idolatrías que los separaban.

El nacimiento del Islam tuvo lugar en la denominada Noche del destino, cuando durante una de sus jornadas de introspec­ción alrededor del año 610 de la era cristiana, el arcángel Ji­brail (Gabriel) se apareció en sueños a Mahoma para procla­marle mensajero de Alá, dictándole a continuación unos versículos en los que se plasmaba el credo divino y que, predi­cados más tarde por el Profeta, se convertirían en el Corán, o li­bro santo del Islam, una vez fueron transcritos al papel. La na­turaleza oral del sagrado texto, reflejada en la propia traducción de su nombre «<Recitación»), mantenía un paralelismo perfecto con el conocimiento tradicional popular de los pueblos árabes, que desde siempre se había transmitido de una generación a la siguiente mediante la viva voz. Nada más recibir la revelación de Alá, Mahoma comenzó su público predicamento en su ciudad natal, La Meca. Tenía cuarenta años de edad.

Entre el 612 y el 622 de la era cristiana, el Profeta efectuó una ardua labor proselitista mediante la transmisión de las en­señanzas que le habían sido otorgadas por vía divina. Estas se basaban sobre la irrefutabilidad de las tres creencias funda­mentales del Islam: el Tawidh o reconocimiento de la existencia de un Dios solo y único; el Risalah o comunicación de la pala­bra de Dios al hombre a través de sus profetas; y el Akhirah, o certeza de una vida ultraterrena tras la muerte física.

Los paralelismos de los preceptos musulmanes con los cris­tianos y judíos eran manifiestos no solamente por sus concep­ciones monoteístas, sino también por compartir la mayor parte de los profetas que ya aparecían en la Torah o Antiguo Testamento, como Adán, Noé, Abraham, Ismael, Jacob o Moisés. El propio Jesucristo era admitido como uno más de entre los ante­riores, otro mensajero de Dios pero carente de rasgos divinos y sobrenaturales. Igualmente, los mismos libros sagrados del pue­blo hebreo y la propia Biblia eran también venerados según la palabra de Mahoma, pero matizando que se trataban tan sólo de comunicados no definitivos e imperfectos de Alá debido sobre todo a las alteraciones que en ellos habían realizado los hom­bres. La creencia en un solemne juicio final, a raíz del cual los fieles seguidores de la fe alcanzarían el Paraíso aliado de Dios, mientras que los desobedientes serían arrojados a los terribles tormentos del Infierno, era otro aspecto capital del Islam con un claro referente en la espiritualidad judeocristiana.

La doctrina propugnada por Mahoma pronto le convirtió en objeto de una enconada persecución por parte de gran canti­dad de detractores idólatras, entre los que se encontraban la ma­yoría de los componentes de la tribu de Quraish, a la que per­tenecía el Profeta. Como resultado del acoso y hostigamiento religioso, Mahoma se vio obligado a huir de La Meca para refu­giarse en Medina el día 16 de julio del año 622 de la era cris­tiana. La fecha de su huida o Hégira marca el inicio de la era musulmana, convirtiéndose por lo tanto en el primer día del ca­lendario por el que se rige el Islam.

Durante los ocho años siguientes, Mahoma se erigió en un gran líder espiritual, acumulando adeptos por miles con los que comenzó a trazar las bases del primer estado musulmán. En el año sexto después de la Hégira (628 d.e.c.), el gobernador per­sa de Sana’a, llamado Badhan, se convirtió a la nueva fe, moti­vando con su acto que toda la población local siguiese sus pa­sos, lo que otorga a Yemen el privilegio de ser una de las naciones más antiguas del Islam. Casi de inmediato, el fervor popular ye­mení por las enseñanzas del Profeta se plasmó en la edificación de mezquitas, lugares de reunión y oración recreados en ma­teriales sólidos a partir del modelo de la humilde tienda que pa­ra idéntico uso utilizaba Mahoma en su destierro de Medina. De hecho, la reverenciada Al Jama Al Kabiro gran mezquita de Sa­na’a fue construida siguiendo escrupulosamente las especifica­ciones del propio Profeta.

En el año 630 el mensajero de Alá regresó por fin a La Me­ca, ciudad de la que hacía menos de una década tuvo que huir como proscrito y la que sin embargo volvió con consideración de santa eminencia. Su primer cometido fue acabar con la somera idolatría que aún perduraba en la ciudad y colocar en la Ka’abah el único símbolo material adorado por el Islam: la sagrada piedra negra. Hasta el 8 de junio del 632, fecha de la muerte del Profeta, los más notables jeques y sabios yemeníes le visi­taron regularmente en su interés por perfilar y afirmar las pautas musulmanas que ya eran mayoritarias en la práctica totalidad de la península arábiga.

Desde el mismo momento del fallecimiento de Mahoma, su sucesión se convirtió en la génesis del cisma islámico del que surgirían sus dos principales grupos religiosos, sunníes y shií­es, que a su vez expresarían su interpretación de la fe a través de distintas escuelas de pensamiento. Estas diferencias no han sido las únicas que desde la desaparición del Profeta han per­manecido vigentes en el mundo musulmán. La Ley Islámica es otra de sus principales causas de controversia, manifestada en debates continuos que aún siguen abordándose en la actualidad.

Básicamente, la Ley Islámica es una combinación de la Ley Coránica, reflejada en el libro santo musulmán, y la Ley Sha­ri’a, practicada por Mahoma durante sus años de predicación y cuyas raíces se hunden en la ancestral tradición arábiga. Curio­samente, la complejidad de las opiniones acerca de cuál debe ser la interpretación correcta de las normas del Islam no provie­ne por las pautas que se encuentran reflejadas en el Corán, si­no por las que supuestamente faltan y no han sido incluidas en el mismo, lo que implica que las discusiones teologales de los doctos investigadores del Islam se prolongarán, previsiblemen­te, de manera indefinida.

A pesar de estas supuestas carencias especificativas, el Co­rán no ha sufrido ninguna modificación en su casi milenio y me­dio de existencia. Fue en el año 12 de la Hégira, 634 de la era cristiana, cuando el libro sagrado fue publicado por primera vez. Desde entonces, la forma escrita de lo que es admitida como la propia palabra de Alá, ha permanecido invariable en sus 114 suras o capítulos formados por 6.236 versículos. Además de alimentar la fe de los creyentes mahometanos, el Corán también sirvió para una labor mucho más mundana pero primordial para el pueblo arábigo como fue sentar las pautas gramaticales de su lengua, que quedaron establecidas en el árabe clásico a par­tir del cual han derivado los demás dialectos que actualmente se hablan en el mundo musulmán.

Algo que tampoco ha sufrido modificación alguna, ni tan si­quiera ha sido objeto de discusión, ya que es algo aceptado en todo el universo islámico como sagrado e inamovible por constituir la quintaesencia de los designios de Alá, son los cinco pi­lares sobre los que se sustenta la fe.

LOS PILARES DEL ISLAM

Todo creyente musulmán debe basar la profesión del Islam en base al cumplimiento de cinco obligaciones que constitu­yen la sumisión espiritual requerida por el designio de Alá. Es­tos cinco deberes son, por lo tanto, los pilares sobre los que se levanta el mundo islámico.

Shahadah, el Credo. El primero y más importante obliga al reconocimiento del monoteísmo de la fe según la fórmula “Ash­adu an la ilaha ill Alla, Mohammedun rasul Allah», “No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su Profeta». Basta con pronunciar esta declaración en presencia de dos fieles musulmanes para convertirse al Islam. Del mismo modo, la frase es repetida de modo habitual por los creyentes, en especial ante la inminencia de la muerte, con el propósito de asegurar su entrada en el pa­raíso. Por extensión, la aceptación del Shahadah implica la de todos los preceptos del Corán, entre los que se incluye la cre­encia en sus 28 profetas y los ángeles mensajeros.

Salat, la Oración. Todo musulmán debe efectuar cinco ple­garias al día, en momentos preestablecidos y que el muezzin se encarga de recordar mediante sus cánticos desde los minaretes de las mezquitas. Si no se puede acudir a ellas, los rezos pue­den efectuarse en la propia casa o en cualquier parte, pero orien­tándose siempre hacia al-qibla, o dirección a La Meca, repitien­do las oraciones preceptivas basadas en pasajes del Corán, y postrándose varias veces como símbolo de sumisión a Alá. Las plegarias cotidianas son Fajr (al amanecer), Zuhr (al mediodía),Asr (a prímera hora de la tarde), Maghrib (al finalizar la tarde) y Isha (por la noche).

Zakat, la Limosna. Del cúmulo de ingresos obtenidos du­rante un año, cada musulmán debe entregar una catorceava par­te como Zakat o limosna religiosa a los más pobres y desvali­dos. Con su acto, contribuye a la asistencia social de los menos privilegiados mientras purifica su riqueza material ante los ojos de Alá. Esta práctica no debe confundirse ni con la caridad ni con una suerte de impuesto, ya que la primera es una decisión per­sonal de ayuda a un necesitado, y el segundo, un imperativo eco­nómico del Estado. La finalidad del Zakat es puramente espiri­tual, hasta el punto de que existen waqfs o instituciones gubernamentales dedicadas a asuntos religiosos que se encar­gan de la distribución de la limosna entre los mendigos. De he­cho, tal y como propugnan los yemeníes, Alá creó la pobreza pa­ra que los musulmanes pudiesen cumplir con esta obligación. Sawn, el Ayuno. Ramadán, noveno mes del calendario lu­nar islámico, es un periodo de ayuno que el musulmán debe cum­plir cada año para reafirmar su fe en Alá mediante el autocontrol sobre los vicios y malas costumbres, que son simbolizadas a tra­vés de la prohibición de ingerir agua o alimentos desde el ama­necer hasta la puesta del sol. Durante esas horas tampoco se puede fumar ni mantener relaciones sexuales, siendo precepti­vo que se dedique más tiempo a rezar durante el Sawn que du­rante ningún otro momento del año. Los niños menores de on­ce años, los ancianos y los enfermos están exentos del ayuno. Del mismo modo, las autoridades religiosas pueden eximir de la misma obligación a aquellas personas que por motivos muy con­cretos o de causa mayor requieran alimentarse de forma regu­lar, como por ejemplo, deportistas en competición. El Ramadán es la festividad por antonomasia del mundo islámico, pues tras la quietud e inactividad de las horas de sol, durante la noche to­do el mundo sale a la calle para cenar y relacionarse con los de­más hasta altas horas de la madrugada, expresando de forma más notoria que nunca las peculiaridades de la sociedad mu­sulmana.

Haj, la Peregrinación. Simbolizando la unidad e igualdad de toda la Humanidad, la Haj o Peregrinación a la ciudad santa de La Meca, cuna del Profeta, es la única de las cinco obligaciones fundamentales que el creyente no tiene que realizar imperativa­mente si no puede permitirse el viaje. Basta con mantener el ri­gor en los otros cuatro pilares islámicos para que el fiel pueda conseguir el acceso al Paraíso junto a Alá. A pesar de ello, has­ta los musulmanes más pobres tratan por todos los medios de ahorrar el dinero suficiente para costearse el peregrinaje, algo que para los yemeníes es relativamente económico debido a que comparten frontera con Arabia Saudí, lo que posibilita el trasla­do por carretera hasta la ciudad de Mahoma. Una vez allí, es preceptivo dirigirse hasta la Ka’abah, para rodear siete veces el santuario que alberga la piedra negra depositada por el Profeta. El ritual también incluye beber el agua de la fuente Zamzam, arro­jar algunas piedras teóricamente lanzadas contra el Diablo y sa­crificar un animal doméstico, por lo general, una cabra. La pere­grinación a La Meca, además de reportar paz espiritual, también llena de orgullo a quien la efectúa, motivo por el que el fiel que ha realizado la Haj suele decorar la fachada de su casa con dibujos alusivos al acontecimiento. Según el calendario islámico, el mes dedicado al peregrinaje es Dhul-Hijja, el último del año, aunque el viaje puede producirse durante cualquier otro periodo sin que ello implique algún detrimento en el ritual.

Un elemento conceptual muy conocido del Islam es la Jihad o perseverancia en el camino hacia Alá, que sin embargo es mu­cho más conocido en occidente por su segunda acepción de gue­rra santa. Este concepto ha sido utilizado hasta la saciedad por grupos fundamentalistas para justificar asesinatos, confronta­ciones y acciones terroristas contra facciones musulmanas más liberales o sobre todo, contra naciones extranjeras. Sin embar­go, y muy a pesar de los líderes integristas, la Jihad no consti­tuye un sexto pilar del Islam, sino que más bien responde a una interpretación relativamente moderna relacionada con la políti­ca y no con la espiritualidad. Aún considerando que Mahoma propugnó la lucha contra los infieles, este pensamiento hacía re­ferencia a la necesidad de mantenerse en un constante estado de alerta para no apartarse del camino de Dios. No obstante, el proselitismo al que también animaba el Profeta, y que tomó cuer­po en base a una expansión de su doctrina a través de ejércitos conquistadores que se extendieron desde la Península Ibérica hasta la India, ha sido interpretado a su conveniencia por los lí­deres del fundamentalismo como prueba irrefutable de que la Jihad entendida como «guerra» no sólo es justificable, sino ade­más necesaria para profesar las religión como un auténtico mu­sulmán.

GRUPOS RELIGIOSOS DEL ISLAM

Al igual que todas las grandes religiones, el Islam no se ex­presa de una manera única y estable, sino que cuenta con una gran cantidad de sectas o escuelas de pensamiento que, en con­junto, pertenecen a dos doctrinas principales: Sunní y Shií Es­tas se originaron casi inmediatamente después de la muerte de Mahoma, en virtud del califa o jefe espiritual y político que de­bía ostentar la sucesión del Profeta.

Tras el fallecimiento del mensajero de Alá, un grupo mayori­tario de sus seguidores decidió que esta línea sucesoria debía prolongarse a través de miembros notables de la tribu Quraish, a la que pertenecía Mahoma. Además, estos mismos discípulos decidieron regir sus obligaciones espirituales no sólo según los dictados del Corán, sino también a través de las enseñanzas de la Sunna, la recopilación de los dichos y hechos de la vida del, Profeta. Los partidarios de esta doctrina recibieron en conse- j cuencia el nombre de sunníes o sunnitas, y representan la fac­ción ortodoxa de la religión islámica. Abu Bakr, Ornar y Osrnán, en este orden, fueron sus tres primeros califas.

Pero la escisión del Islam se produjo casi instantáneamente en virtud de las reivindicaciones esgrimidas por Alí, yerno y pri­mo de Mahoma, quien reclamó para sí el derecho a ser su su­cesor, por cuanto era su único descendiente directo debido a su matrimonio con Fátirna, la hija del Profeta. Enseguida, un redu­cido pero notorio grupo de musulmanes pasó a integrar junto a su líder la facción Shií, Chiíta o Shi’at Ali del Islam, que signifi­ca literalmente el partido de Alí. Este hizo valer sus derechos por vía de la violencia asesinando a Osmán en el año 34 de la Hé­gira (656 de la era cristiana), con lo que se convirtió en el cuar­to califa para los sunníes pero en el primer Iman para los chií­tas, cargo a todos los efectos idéntico al anterior pero que definiría desde entonces al jefe político y espiritual de esta doc­trina, considerada históricamente como la vertiente minoritaria y más radical de los musulmanes.

En el año 661 (era cristiana) el gobernador Omeya de Da­masco mandó asesinar a Alí y usurpó en su beneficio el califa­to, mientras los hijos de aquél, Hassan y Hussein, trataban de perpetuar inútilmente la línea sucesoria iniciada por su padre. A pesar de ello, los shiíes les reconocieron, respectivamente, co­mo los Imanes segundo y tercero de su grupo religioso, reafir­mando la definitiva separación entre las dos doctrinas principa­les del Islam que se han mantenido vigentes hasta la actualidad. Durante los tres siglos siguientes al nacimiento de la religión musulmana surgieron diversas sectas en cada una de sus dos grandes facciones. Estas escuelas de pensamiento tuvieron su origen en la reinterpretación que de su propia fe efectuaron lí­deres poderosos, motivo por el que cada uno de estos ramales de la espiritualidad mahometana ha adoptado el nombre de su fundador.

Cuatro sectas fueron formadas a partir de la ortodoxa doc­trina sunní: Hanafi; Hanbali; Maliki y Shafa’i. Esta última fue, y continúa siendo, la más importante e influyente de Yemen. Fue instaurada entre finales del siglo VIII y principios del siglo IX por Muharnrnad bin Idris as-Shafa’i, que muy pronto abandonó su Gaza natal para viajar extensamente por África Oriental y la pe­nínsula arábiga, predicando una visión del Islam caracterizada por el conservadurismo y una alta consideración a la educación y al estudio. De hecho, la evolución del shafa’ismo permitió es- tablecer a partir del siglo XI las primeras madrazas o escuelas coránicas para ofrecer a los musulmanes una docencia acadé­mica de la fe. La expansión del predicamento de as-Shafa’i en Yemen se produjo casi cien años después de su muerte gracias a la sucesión de su obra por parte de Sayyid Ahmad ibn ‘Isa al-Muhajir, quien afirmó su escuela espiritual en la región de Ha­dramut, para extenderse con posterioridad por toda la mitad me­ridional del país y la Tihama, siendo precisamente en una de sus localidades, Zabid, donde se instauró su más influyente centro religioso. El shafa’ismo continúa siendo la secta islámica pree­minente en toda la región surcentral yemení, contando también con un importante número de seguidores en Egipto, Malaysia e Indonesia.

La doctrina shií se diversificó en varias escuelas que gra­dualmente, y aunque de forma independiente, contribuyeron en conjunto a que esta vertiente del Islam perdurase en el tiempo a pesar de sus difíciles inicios debido a la usurpación que de su creciente Imanato hicieron los Omeyas sirios. Precisamente es­tos últimos fueron derrocados en el año 750 de la era cristiana por los Abasidas de Irak, una de las primeras estirpes defenso­ras del shiísmo.

Como norma general, las sectas shiíes difieren una de otras en razón del número de Imanes que reconocen cada una de ellas y de la consideración sobrenatural que otorgan, o no, a sus líderes, basada en una supuesta y secreta interpretación del Corán que sólo Alí y sus sucesores directos conocen por habér­sela transmitido de unos a otros en virtud de su superioridad so­bre los simples seres humanos. Del mismo modo, la mayoría de las escuelas de pensamiento cree que el rango de Imam debe regirse únicamente mediante la herencia sucesoria (siguiendo siempre el linaje de Alí), y que sus guías espirituales gozan de una infabilidad absoluta ante todos sus hechos y decisiones.

Los Zaidíes son la dinastía shií más importante de Yemen, existiendo de hecho únicamente en este país. Su fundador indi­recto, ya que hasta su muerte no se pusieron en práctica sus en­señanzas, fue Zayd ibn Ali, quién falleció luchando contra la opresión Omeya en el año 740. Fue uno de sus seguidores, Yahi­ja bin Husayn ibn Qasim ar-Rassi, natural de Irak, quien im­puso sus creencias en el norte yemení tras haber acudido a es­ta zona como mediador de un sangriento conflicto entre las tribus Bakil y Hashid, tras lo que se erigió en el primer Imam de su es­tírpe y ubicó la capitalidad de su secta en Sa’da. Entre los ras­gos más característicos del zaidismo destaca su reconocimiento de tan sólo cuatro imanes, todos ellos considerados simple­mente hombres válidos y espirituales, pero falibles y carentes de cualquier rasgo sobrenatural. Los zaidíes tampoco acataban que su cargo pudiera ser hereditario, sino que debía recaer siguien­do un patrón más o menos democrático sobre aquél descen­diente de Alí que estuviese más preparado para detentarlo. Co­mo consecuencia, esta escuela también ofrecía un gran valor al aprendizaje académico y la investigación. Su larga historia se extendió durante más de un milenio de continuada presencia en el norte Yemen, hasta que el Imanato fue abolido por la revolu­ción de 1.962. No obstante, la estirpe zaidí aun mantiene su vi­gencia en torno a Sa’da, donde cada uno de sus sayyid o miem­bros de la élite religiosa continúa ejerciendo una enorme influencia sobre su comunidad.

Los Ismailíes son otro grupo shií originado durante el siglo X cuyos preceptos se encumbraron por vez primera en el poder del Imanato a través de la dinastía Fatimí de El Cairo, entre los años 969 y 1.171 de nuestra era. Su establecimiento en Yemen tuvo lugar a partir de11.061 mediante la fundación del estado Su­layida en la ciudad de Jibia, que se mantuvo vigente durante al­go menos de 80 años, hasta ser derrocado por las tropas de los poderosos zaidíes. Tremendamente extremista, el Ismailismo cree que sólo han existido siete imanes legítimos, siendo el úl­timo de ellos Ismael. Además, contemplan a Alí como un ser di­vino, hecho que es considerado como una auténtica herejía por parte de los demás musulmanes. Del mismo modo, están con­vencidos de que todos sus líderes, desde los antiguos gober­nantes egipcios al propio Aga Khan, gozan de un componente sobrenatural. En la actualidad se calcula que alrededor de un 1% de la población yemení es ismailita, concentrándose al comple­to en los contornos de Manakha.

La secta shií más grande y poderosa es la Duodecimana, y se halla establecida únicamente en Irán. El curioso nombre de esta escuela proviene de que sus seguidores reconocen a do­ce imanes verdaderos, tocados individualmente por un cierto gra­do de divinidad; y su rasgo más peculiar es que defienden que de todos estos legítimos sucesores de Alí sólo los once prime­ros fueron correlativos en el tiempo, mientras que el décimo se­gundo de ellos, llamado Muhammad al-Muntazar, y al que la historia dio por muerto alrededor del año 878, en realidad no falleció en aquel momento, sino que desapareció y permanece escondido a la espera de regresar encarnado en la figura del Mahdi, personaje equiparable al Mesías judeocristiano, con cuyo advenimiento tendrá lugar el Juicio final. Como los ismailíes, los shiíes duodecimanos son muy extremistas en su modo de in­terpretar el Corán. Sus líderes espirituales son los ayatollahs, principales intérpretes de las enseñanzas de los primeros ima­nes y susceptibles de que uno de ellos pueda ser definitivamente el esperado Mahdi.

SIJS

La religión Sij fue fundada en la India por el Guru Nanak (1469 – 1539 d. de. C) y difundida a través de las enseñanzas de diez Gurús (1469 – 1708). El décimo Maestro, el Guru Gobind Singh, unificó las enseñanzas de los Gurus y proclamó al Gurú Granth Sahib como el Guru eterno y sus escrituras como las Escrituras Sagrada de los Sij

El Guru Granth Sahib fue escrito y compilado por los mismos Gurus y por tal razón es auténtico. No narra la vida del Guru Nanak, sino que se dedica única y totalmente a la gloria del Dios Omnipotente. El Guru Granth Sahib es como una nave que llevará a un devoto o a una devota a separarse del océano del materialismo, conduciendo así al alma humana a su destino final que es la Beatitud Absoluta.

Guru Granth Sahib inicia su relato con el número UNO, esto indica la unidad de Dios y el hecho de que no existe nadie como Él. Para el Fundador de la Religión Sij – Guru Nanak Sahi Ji, Dios es el número UNO.

LAS CREENCIAS

El Guru Nanak predicó la religión Sij como una religión estrictamente monoteísta que requiere solamente la creencia  en un Único Dios Supremo.

El sijismo rechaza todo ayuno, todo rito y todo ritual. Rechaza los reclamos del yoga, la mortificación del cuerpo, la auto – tortura, la penitencia y la renuncia de la vida terrenal. Existe pero un Único Dios para glorificar. El sijismo reconoce la existencia de la misma luz celestial en cada ser humano, rico o pobre, independientemente de la casta alta o baja, el credo, el color, la raza, el sexo, la religión o la nacionalidad. Por lo tanto, las puertas del templo sij, llamado un gurdwara, están abiertas a todos y a todas en este mundo – sin ningún prejuicio o discriminación social.

LAS ENSEÑANZAS ETICAS Y MORALES

Un sij vive constantemente con angustia ante Dios. Aquí angustia no significa precisamente sentir miedo ò el apartarse instintivamente de los peligros cotidianos. Se trata de sentir el temblor en el alma bajo pena de cometer una falta en palabra, hecho o pensamiento contra la Voluntad de Dios. Es una angustia ante Dios producida por el amor y la necesidad de honrarlo a Él. El Guru Nanak decretó tres principios para la conducta diaria:

  1. Naam Japo: Invocar o meditar constantemente en Dios, pues un cuerpo yace muerto sin la vida y la vida misma yace muerta sin Naam – el Nombre de Dios.
  2. Kirat Karo: Ganarse el sustento por medios honrados.
  3. Vand Chhako: Compartir los resultados de nuestro trabajo como expresión de tu amor y tu compasión para con la humanidad.

Asimismo, se da énfasis a:

1.    El vivir como un ser honesto: la base entera de la religión sij se funda en vivir de manera honesta. El Gurú dice, “La verdad es valiosa, pero todavía más valioso es el vivir honestamente”.
2.    La castidad moral: el adulterio se prohíbe de manera absoluta en la religión sij.
3.    No fumar y no consumir drogas.
4.    No beneficiarse de la calumnia, la falsedad o la falsificación de los hechos

EL PROPÓSITO DE LA VIDA

Por su carácter esencial, la Iglesia Sij labora para liberar al ser humano de las cadenas del materialismo. Tiene como metas el vivir una vida llena de virtud y el llegar al nivel espiritual más elevado, lo cual conduce a la realización de la Beatitud Suprema, es decir, el lograr la emancipación sobre la vida terrenal. La vida humana es una oportunidad para lograr esas metas. Si una persona se aleja de ellas, caerá una vez más en el ciclo de la muerte y el renacer – la transmigración.

Existen cinco vicios que corrompen la mente humana: la lujuria, la cólera, la codicia, la opulencia, y el orgullo o ego. Mientras que la mente permanezca impura bajo esos vicios, No podrá encontrar la Beatitud Absoluta. Por tanto, el Guru señaló el camino y dejo de garantía a la humanidad de que sea quien sea:

Conocerá la pureza todo aquel y aquella Que repita su Nombre con devoción, afecto y Un amor sincero. – El Guru Nanak

El cantar la Gloria del Omnipotente, ayudará a la mente a deshacerse de tales impurezas. Por medio de glorificar al Divino, la mente humana asume cualidades divinas durante el proceso. Como resultado, cuando todas las impurezas se hayan ido, Naam – el Nombre de Dios – forjará un templo para la mente pura. Esto lleva a la Beatitud Celestial. Como el agua se mezcla con el agua, las almas humanas se mezclan con el Alma Suprema.

CINCO PALABRAS CON K: CINCO REGLAS DE LA KHALSA

El Gurú Gobind Singh, el Décimo Maestro, creó la Khalsa: los Cinco Amados, conocidos como Panj Payaras, a quienes se le confía la responsabilidad de la iniciación a la religión sij.

La Khalsa se creó como una orden militar y guerrera. Bajo la orden del Gurú, a cada sij bautizado o bautizada se le requiere seguir las cinco reglas codificadas en cinco palabras iniciadas con la letra K:

  1. Kes: Pelo intenso o sin cortar. Ésta es la primera seña de la fe sij.
  2. Kanga: Peine para limpiarse el pelo.
  3. Kachha: Ropa interior. Pantalón corto de un guerrero.
  4. Kara: Pulsera de acero en la muñeca para recordarle al creyente de las enseñanzas del Gurú.
  5. Kirpan: Espada para la autodefensa y un símbolo de la dignidad, el poder y el espíritu invencible.

Jainismo 

                                                           

El Jainismo comienza con una seria preocupación por el alma humana en su relación con las leyes que gobiernan la existencia en el universo, con los otros seres vivientes y con su propio estado futuro en la eternidad. Primeramente, y antes que nada, es una religión del corazón: la regla de oro es Ahimsa o la no violencia en todos los aspectos de la persona, mental, verbal y físico. Los jainistas tienen una profunda compasión por todas las formas de vida.

El Jainismo ofrece una tranquila, extraordinariamente seria forma de vida, una insistencia cultural sobre la compasión, una sociedad ética que ha cambiado el mundo dramáticamente y continuará efectuando cambios. El Jainismo es un modo de vida ecológicamente responsable que es no violento en pensamiento, acción y hechos. 

El Jainismo y el alma 

Los “jainistas” son los seguidores de los jinas. “Jina” literalmente significa “Conquistador”. Es un Jina aquel que ha conquistado el amor y el odio, el placer y el dolor, el apego y la aversión, y por lo tanto ha librado a “su” alma de los karmas que ocultan el conocimiento, la percepción, la verdad y la habilidad. Los jainistas se refieren al Jina como Dios. 

Orígenes del Jainismo 

Originario del subcontinente indio, el Jainismo, o más apropiadamente el Dharma Jainista, es una de las religiones más antiguas de la región y también del mundo. El jainismo tiene orígenes prehistóricos que datan de antes de 3000 a.C. y de los comienzos de la cultura aria del Indo. 

La religión jainista es única en el hecho de que durante sus 5.000 años de existencia nunca ha transigido en el concepto de la no violencia ni en el principio ni en la práctica. Sostiene la no violencia como la suprema religión (Ahimsa Paramo Dharma) y ha insistido en su observancia en pensamiento, palabra y acción a nivel individual y social. El texto sagrado Tattvartha Sutra lo resume con la frase “Parasparopagraho Jivanam: (toda la vida se sustenta mutuamente). La religión jainista presenta una perspectiva verdaderamente iluminada de la igualdad de las almas sin importar las diferencias en las formas físicas, desde los humanos, pasando por los animales, hasta los organismos vivientes microscópicos. Los humanos son los únicos poseedores de los seis sentidos, vista, oído, gusto, olfato, tacto y pensamiento; por lo tanto de los humanos se espera que actúen con responsabilidad hacia toda la vida siendo compasivos, sin egoísmo, sin miedo, misericordiosos y racionales.

Código de conducta Jainista

En pocas palabras, el código de conducta esta hecho de cinco votos y todas sus conclusiones lógicas: Ahimsa, Satya (veracidad), Asteya (no robar), Aparigraha (desapego a lo material) y Brahmacharya (castidad). La religión jainista pone mucha atención en la Aparigraha, desapego a las cosas materiales a través del control de uno mismo, penitencia, abstención de la indulgencia, limitación voluntaria de las necesidades y consecuente disminución de la agresividad. 

Vegetarianismo 

El vegetarianismo es un modo de vida para un jainista, teniendo su origen en el concepto de compasión por los seres vivos, Jiva Daya. La practica del vegetarianismo es vista como un instrumento para la práctica de la no violencia y la coexistencia pacífica y cooperativa. Los jainistas son vegetarianos estrictos que consumen solamente seres sin sentidos, principalmente del reino vegetal. Si bien la dieta jainista por supuesto implica daño a las plantas, esto se ve como la forma de sobrevivir que causa el mínimo de violencia hacia los seres vivos (muchas formas vegetales incluyendo raíces y ciertas frutas también están excluidas de la dieta jainista, debido al gran numero de seres vivos que contienen por el ambiente en que crecen). 

  1. victor navarro

    Me gusta vuestra página. En el apartado Miscelanea -Religiones hecho a faltar
    algún comentario sobre la Religión Cristiana : Iglesia Catolica Romana y Oriental , Ortodoxa , Copta ( en Etiopia, Eritrea, Egipto)
    en cambio os extendeis enormemente sobre el Islam . ¿ Acaso renegais de la Europa Cristiana en la
    que vivimos ? ¿No es la Religión parte de la cultura de los paises que se visitan ? Islam, Protestantismo, Catolicismo,
    Budismo, etc .
    Os mando ánimos para continuar con la página-blogg. Os he conocido por un artículo aparecido en El Periódico
    Me llamo Víctor y soy de Barcelona

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